Recursos educativos para la igualdad
y la prevención de la violencia de género.
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day.4, 09 de month.2 de 2012
ESPAÑA
http://elprogreso.galiciae.com09/02/2012 - Paula Vilariño / El Progreso (Lugo)
Cuando uno piensa en un cuento infantil se imagina una historia entrañable que inculque a los más pequeños los valores necesarios -o por lo menos útiles- para enfrentarse a la vida real. Me refiero a historias como la cigarra y la hormiga, el pastor mentiroso o la lechera, esas fábulas que los niños de hace treinta años leíamos en el colegio cada mañana, justo entre la clase de sumas y restas sin calculadora y la de caligrafía con el cuadernillo Rubio.
Sin embargo, hubo una época, unos años antes, en la que los cuentos que leían los niños en la escuela eran barbaridades. Y lo digo porque hace unos días, una persona que rondará los 65 me enseñó un libro que todavía conserva de su etapa escolar y su contenido me dejó atónita.
El cuento en cuestión se titulaba ‘La mujer que comía poco’ y los protagonistas eran un pastor de cabras -que «el pobre» pasaba toda la semana en la sierra- y su esposa. La historia ya empezaba explicando que el hombre estaba «delgado como una caña» y que la mujer era «gorda como una encina vieja».
El caso es que, cuando el hombre estaba en casa, la mujer apenas probaba bocado y se quejaba de que le dolía el estómago, pero como no adelgazaba ni estaba débil, el pastor empezó a desconfiar. Por este motivo, un día le dejó su rebaño a un compañero y volvió a casa para esconderse detrás del armario de la cocina.
Desde allí, el hombre pudo observar que su esposa cocinaba para comer un pollo con arroz, mientras que a media tarde se preparaba una tortilla con chorizo y jamón. Al caer la noche, el marido decidió salir de su escondite y le dijo a la mujer que había regresado tan pronto porque en la sierra llovía y granizaba mucho, así que ella, «muy cariñosamente», le puso en la mesa un vaso de leche y un trozo de pan duro.
Mientras cenaba, la mujer le preguntó al pastor que, si llovía tanto en el monte, cómo es que estaba tan seco, a lo que él le respondió: «porque me metí bajo una piedra tan grande como el pan que te engulliste. Y gracias a este sombrero, que casi es tan grande como la tortilla que merendaste, no me mojó el granizo que caía tan espeso como el arroz con pollo que comiste».
Hasta aquí, la moraleja del cuento podría ser que no se puede mentir, ya que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, pero nada más lejos de la realidad. La historia concluye diciendo que la mujer, « comprendió lo que quiso decir su marido y desde entonces le dio de comer lo mismo que ella comía, más no sin antes recibir una buena paliza». El cuento incluye además una ilustración en la que se puede ver al pastor pegando a su esposa, que aparece rodeada de la expresión ¡plaf!
Con esta educación, es comprensible que las generaciones que nos preceden crecieran restando importancia a la violencia machista. Si estampas como la descrita se percibían como algo totalmente normal -hasta el punto de enseñarlo en la escuela- ¿cómo iba una mujer a plantarle cara a su esposo? Visto desde al óptica actual, la moraleja es que la lucha contra la violencia de género tiene su mayor pilar en la educación.
El otra día , una mujer que trabaja fuera de casa comentó delante de su hija que tenía suerte porque su marido le ayudaba con las tareas domésticas. Con comentarios así, seguimos muy lejos de la igualdad.